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¿Conoces los Galápagos mexicanos? El 7 de octubre de 2020

Cuatro Ciénegas, uno de los lugares más biodiversos del país

Despoblado, inhabitado, solitario, vacío: todas estas palabras son sinónimo de desierto. Sin embargo, nada está vacío cuando se ve bien. Ver bien se complica cuando estás entre dunas blancas, a las dos de la mañana, en una noche sin luna. “Podría ser de una cascabel”, dice Gil, nuestro guía, mientras señala el sutil rastro que deja una serpiente al arrastrarse por la arena. Quisiera advertirle a la pequeña rata canguro que vimos la presencia de dicha serpiente. A la serpiente, del aleteo que oímos más adelante. No sé a cuál advertirle sobre el galopar de quién-sabe-qué que escuchamos a lo lejos; tal vez a nosotros mismos. Entonces me pregunté, ¿quién le advierte al desierto de nuestra presencia?

En Cuatro Ciénegas, la gente se mueve en camioneta; pueblo de primera, porque nadie quiere pasar a segunda; de menos de 15 000 habitantes que batallan con el polvo que insiste en contaminar sus albercas; donde las mujeres mayores caminan por la banqueta contraria a las cantinas tradicionales y los hombres, de bigote, pantalón de mezclilla y sombrero, se toman selfis en El 40, la única cantina moderna.

“La magia que tiene es que ofrece algo muy diferente al turismo tradicional de sol y playa, eso es lo que buscan las nuevas generaciones: experiencias distintas”

Anónimo

Hace 65 millones de años, este valle era un mar y en el mármol está la prueba más clara de ello. El material se dejó de extraer aquí porque la piedra no es tan pura como para usarla en la construcción. Entre los pequeños hoyos como de esponja, uno puede ver el paso de las eras glaciales y todas las capas geológicas de lo que fue mar, río, bosque y finalmente desierto, gracias a fósiles de plantas, conchas marinas y pequeños animales.

No toda la evidencia de lo que dejó el mar a su paso está muerta. Además de turistas, aquí han llegado científicos de la UNAM–e incluso de National Geographic y la NASA–, por ser uno de los pocos lugares donde se encuentran estromatolitos vivos, una de las formas microscópicas de vida más antiguas en todo el planeta. 

Cuatro Ciénegas es “el Galápagos de México”: el valle tiene alrededor de mil especies de flora y fauna, de las cuales más de 70 son endémicas. Muchas de ellas dependen de las ahora escasas pozas de agua regadas a lo largo del valle. La más visitada es la Poza Azul, a ocho minutos de la cantera.

Cuatro Ciénegas

Cuatro Ciénegas

Es mediodía, no hay nada que detenga al sol, ni nubes ni los cinco metros de profundidad de la poza. No es época de sequías y el paisaje alrededor de la Poza Azul guarda algo de verdor; después será completamente amarillo y en invierno quizá blanco, por la nieve. 

Sin importar la temporada, este ojo de agua tendrá siempre un difuminado de verde esmeralda en las orillas a un azul marino en el centro. El fondo de la poza se ilumina tanto como los agaves a su alrededor. Los rayos del sol brillan en la superficie, y se ondulan con el viento. Se ven peces. Quizá no haya oxímoron mejor que encontrar peces en medio del desierto para entender que algunos ecosistemas naturales son más frágiles que otros.

De entre juncos nace el brote del agua que alimenta la poza, imagen que podría inspirar un mito nacional, al escudo de la bandera de la “República soberana de Coahuila”. Son 250 litros por segundo de agua que cayó hace 30 años y se filtró por las montañas que rodean el valle hasta llegar aquí.

Dicen que las dunas blancas de Cuatro Ciénegas están llenas de energía, por lo que hay que quitarse los zapatos para recargarse.

Para sorpresa de uno, la arena está fría. Y es que no se trata de la arena a la que estamos acostumbrados, es yeso. Hay diferentes tipos de dunas blancas, pero éstas son las únicas de sulfato de calcio en México (y las cuartas más extensas en el planeta). Como resultado de la erosión de los residuos de las lagunas al evaporarse, cada duna es la tumba de una planta.

Cuando el viento corre y carga el calcio, las plantas lo atrapan y lo van acumulando; algunas dunas apenas son pequeños montículos, otras son montes blancos de los que salen ramas y, las más viejas —de más de 2 000 años—, tienen por esqueleto un mezquite muerto. Es el cementerio más bello del mundo.

En el parque Río San Marcos se puede rentar un kayak, nadar y esnorquelear, además hay un sotol extraordinario y un cielo lleno de estrellas para verlo de madrugada en medio del desierto.

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